17.8.18

Dar a la caza alcance: la pintura de paisaje de Francisco Menéndez-Morán.


El paisaje, como género independiente, aparecerá tardíamente en la pintura española, y verdaderamente no empezará a tener importancia hasta la toma de posesión de la cátedra de Paisaje en Bellas Artes, en Madrid en 1857, por el pintor de origen belga Carlos de Haes. Con él y con sus alumnos paisajistas comienza una vía moderna en el arte español con características propias que no olvida la tradición de los paisajes de Toledo de El Greco, o de esos fondos serranos que aparecen en los retratos de corte de Velázquez, o en los cuadros de Goya (Pena, 2010)



Francisco Menéndez-Morán. El estío en el paisaje de Santa María, 2012, óleo s. tabla 94 x 130 cm.


Y esta vía de la pintura española de paisaje tomará aún mayor personalidad bajo la influencia del ideario de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos en 1876. La Institución tuvo un papel destacado dentro de un movimiento intelectual progresista “encaminado a buscar la verdadera España, según ellos alienada cultural y socialmente, en absoluta decadencia.”[i] La Institución tendrá en la geografía moderna, en el conocimiento del territorio y en el arte, especialmente en la pintura de paisaje, uno de sus pilares fundamentales en la regeneración nacional por medio de la educación. Y precisamente uno de los discípulos más destacados de Haes será Aureliano de Beruete que, además de profesor, será uno de los fundadores de la Institución.



Francisco Menéndez-Morán. Luz de verano, 2012, óleo s. lienzo 200 x 200 cm.


Respecto a la importancia de la pintura de paisaje escribe Giner:

“La pintura de paisaje es el más sintético, cabal y comprensivo de todos los géneros de la pintura”.

Da comienzo entonces un viaje fascinante que aún no ha agotado sus posibilidades de conocimiento e interpretación del territorio que habitamos. Dice Heidegger que “ser hombre significa habitar: estar en la tierra como mortal, significa habitar.”[ii] Y el pintar un paisaje precisamente consiste en esto, en construir un espacio que sirva de morada para todo aquel que deja reposar en el su mirada. Y este espacio pintado lo habita primeramente el pintor.



Francisco Menéndez-Morán. Paisaje redondo de invierno desde la terraza, s.f. óleo s. tabla 100 cm.


Se inicia una larga estirpe de excelentes pintores, amantes del paisaje, desde Haes, luego Beruete, Morera, Mir, Muñoz Degrain, Regoyos, Riancho, Lhardy, Rusiñol, Urgell, también Amárica, Anglada Camarasa, Sorolla, Zuluaga, Sunyer, Caneja, Meifrén, Ortega Muñoz, Palencia y tantos otros. Hasta pintores más contemporáneos  como Galano, Savater, Risueño, Aquerreta, que continúan y renuevan esta forma de entender el paisaje, nuestra relación con el mismo, utilizando este soporte de mecanismo tan sencillo como inagotable en sus posibilidades. Y que toma nuevo sentido según van apareciendo en el arte nuevos soportes y aptitudes. Seguramente esta pintura será casi desconocida para la mayoría de los aficionados, pero no para aquellos que sienten predilección por el paisaje. Es un trabajo que sigue un camino propio ajeno a los fuegos fatuos y a las tendencias que marca –y visibiliza en diferentes canales- el mercado del arte.



Francisco Menéndez-Morán. El pórtico, 2012, óleo s. lienzo 200 x 200 cm.


Uno de estos viajeros –estáticos- sobre el lienzo es mi vecino Francisco Menéndez-Moran. Tenemos una cercanía no sólo geográfica, también comparto esa querencia por este paisaje que nos rodea, este territorio interior mesetario tan lleno de presencias, ausencias, silencios, sonidos, música sin letra y grandes extensiones donde se pierde la mirada. Y al fondo de ese cielo inmenso, la tierra, en lo más profundo de este abismo de pájaros. Estas obras de este artista invitan a sumergirse del mismo modo que la obra de Olivier Messiaen a la que nos referimos. Son obras que no necesitan de “cartelas”: esa patética costumbre, tan usual al mostrar el arte más reciente, en el que un –aparente- “contenido” toma el protagonismo por encima de la obra. Pero aquí, en la obra de Menéndez- Moran, permanece muda, es un no decir: no pretende “expresar un concepto": -decía Schopenhauer[iii]-“el concepto es esteril, produce engendros inertes rigidos y amanerados.”



Francisco Menéndez-Morán. Suelo rojo con nubes, s.f. óleo s. lienzo 81 x 130 cm.


En este caso estamos ante una obra de arte verdadera. Una obra que se da como una revelación ante los ojos.  Me imagino a nuestro artista en el mismo estado que Giorgio de Chirico cuando nos describe su experiencia frente a esa revelación.


Tuve entonces la extraña sensación de que estaba viendo todo aquello por vez primera, y me vino a la mente la composición del cuadro. Ahora, siempre que lo miro, veo de nuevo aquel instante.[iv]


Lo sentimos cuando recorremos estos abismos de pájaros que pinta Francisco M-M. Parece que esa acumulación de fondos, esas capas que se van superponiendo en los lienzos no son sino una forma de encontrar el sustrato original, profundo, el alma del paisaje, para crear esos paisajes del alma que diría Miguel de Unamuno. Está ante nosotros en uno de sus cuadros ese instante tan frágil y delicado…tan huidizo. Y mediante este ejercicio –verdadero- de la pintura, esa generosa pobreza del bastidor, la tela, el aceite y el pigmento, nos permitirá llegar a tanta altura en este amoroso lance -y como en el poema sanjuanista- nos parecerá volar en ellos tan alto que parecerá posible dar a la caza alcance. Qué son esos elementos que componen el cuadro ¿son señales…dónde nos llevan? Contemplamos a través de ellos un mundo donde el misterio aún se mantiene…desde el origen de los tiempos. Para Chirico, el primer hombre


...debió haber vagado por un mundo lleno de misteriosas señales. Debió temblar a cada paso.[v]



Francisco Menéndez-Morán. Depósito ovalado, s.f. óleo s. tabla 39 x 85 cm.


Hay señales para quien las quiera ver. Y es como un caer en la cuenta,  como la revelación del enigma, que diría Chirico. De lo que siempre estuvo ahí, ante nuestros ojos, en la meseta castellana, en Santa Mª de Riaza. Y como Azorín nos quedamos, en callada quietud, solos ante el misterio


…ante  la  vasta  y  silenciosa  llanura.  Las  campanas  han cesado de tañer. Me he sentado en el alterón del camino y he tenido la vista por los anchos sembrados, he contemplado las copas gráciles, enhiestas, de dos álamos que asoman por encima de las bardas del cortinal, he atalayado las lejanas blanquiazules montañas.[vi]



J.V. Campillo de Aranda, 17.8.2018


Francisco Menéndez-Morán. Primavera por la tarde desde la terraza, 2013, óleo s. tela 66 x 92 cm.


Pena López, María Carmen. Paisajismo e identidad. Arte español. Estudios Geográficos, [S.l.]. Dic. 2010,  v. 71, n. 269, pp. 505-543. Disponible en web: <http://estudiosgeograficos.revistas.csic.es/index.php/estudiosgeograficos/article/view/320/320> ISSN 1988-8546

[i] Giner de los Ríos, Francisco. Paisaje (1885), La lectura, 1915, v. I. En Pena López, Mª del Carmen, Pintura de paisaje e ideología. La generación del 98. Madrid: Taurus Ed. 1983.    

[ii] Heidegger, Martin. «Construir, habitar, pensar», en Conferencias y artículos. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1994.

[iii] Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Madrid: Editorial Trotta, 2003, p. 72. Y también: “…el concepto, por muy provechoso que sea para la vida y por muy útil, necesario y productivo que resulte para la ciencia, para el arte es estéril a perpetuidadSchopenhauer, Arthur. Ibíd. p. 277. 

[iv] Chirico, Giorgio de. Meditaciones de un pintor (1912) En Chipp, Herschel B.  Teorías del arte contemporáneo fuentes artísticas y opiniones críticas. Madrid: Ediciones Akal, 2005. 

[v] Chirico, Giorgio de. Misterio y creación (1913) En Chipp, Herschel B. Ibíd. 


[vi] En 1912 publica Azorín  su libro Castilla, dedicado a la memoria del pintor paisajista Aureliano de Beruete. Azorín. Castilla. Edición de I. Fox, Madrid: Espasa Calpe, 1991.

2 comentarios:

Montserrat Casado Francisco dijo...

Julián. Acabo de leer su reflexión sobre la obra de Menéndez-Morán. Le felicito. Me ha encantado el análisis que nos brinda; esos paisajes tan hondos y cargados de espiritualidad que, parafraseando sus ideas, nos regalan un instante de frágil felicidad.
Gracias. Montserrat.

Julián Valle dijo...

Gracias Monserrat. Con la obra de Menéndez-Morán me pasa como con otros artistas que admiro, me da la sensación de que hay "verdad". Me refiero a una verdad que nada tiene que ver con la grandilocuencia. Que es frágil, fugaz y bella, pero deja su poso, como una revelación. Es ese pájaro que se ha posado un instante en el espino albar resplandeciente en la llanura. Que coge un fruto y desaparece, sin que nos de tiempo a reconocer su color. Y sólo queda esa sensación de verdad revelada... y el movimiento de la rama vacía.