Dibujos, cerámicas
y pinturas en la Galería Theredoom. 25 de abril al 26 de mayo de 2026.
El primer callar es de las cosas 26.01. Dream Path. Toshio Hosokawa.
Eremitorio de San Juan de Pan y Agua. Julián Valle, 2026
Acuarela s. papel Khadi 320g./m² Ø56 cm.
El primer callar es de las cosas a nosotros; el segundo, de
un sosiego quietísimo en que nosotros callamos a nosotros mismos…
De tres maneras de
silencio. Fray Francisco
de Osuna[1]
Parece que
la relación que tenemos con las cosas nos debería ofrecer -no tanto determinar-
un camino adecuado hacia el objeto artístico. Como si la transformación en el
caso de la materia respondiese a una vibración propia de la misma, un
encuentro, una sintonía con su origen.
Pensamos en
esa relación, bella y apropiada, entre estos materiales y el buen hacer que
acompañaría su transformación para llegar finalmente a la caricia del objeto resultante. Como la del árbol, la madera, el
carpintero que hace la peonza, y el niño que juega con ella. Y que en ese girar
hipnótico finalmente se manifieste su
acogedor misterio, y en la caricia
del objeto -mano y mirada- se manifieste su “materia profunda”.[2]
Puedo
recordar aquella fascinación por ese objeto que después de girar y girar
buscaba otro reposo, perdido ya su equilibrio, pero conservando su potencial,
su energía acumulada. Será que los niños, como las vacas o los caracoles,
pueden aún disfrutar de ese privilegio que los conecta con los anillos de la
madera, los estratos geológicos o las supernovas.
En el arte
de la pintura sabemos de una imagen o idea que permanece en reposo, en la
neblina del pensamiento, como a la espera de un soplo de viento que produzca un
cambio de estado, como esperan las semillas del diente de león.
Asistimos a
algo en su etapa inicial, oculto y latente en nosotros antes de ofrecerse para
ser contemplado. Reposa como si fuera un objeto que aún no ha sido nombrado por
primera vez. Y sale de su estado de crisálida de lo no nombrado cuando era una presencia
silenciosa.
Y en el caso
de la pintura, ahí estamos nosotros, presentes ante la transformación de lo que
será diferente pero que, quisiéramos, mantuviese presente su esencia, su ser
original, su misterio.
Este parece
ser el del silencio de las cosas: ¿lo pintado podría volver ahí? como velo
pintado, como iconostasis, como limen que no puede ser, físicamente, rebasado.
Nos dice
Ramón Andrés que “el verdadero silencio no está necesariamente en la lejanía ni
en la neblina de una vaguada ni en una cámara anecoica”. Probablemente esté “en
la intuición de un más allá del lenguaje”. Es un silencio que no pretende un
fin, “la parte detenida de lo que no cesa”, “un abandono del deseo, el cauce
del desapego.”[3]
El arte
puede ofrecer un silencio sin un fin,
pero precisa de un estado apropiado de ofrecimiento para la contemplación. Como
receptáculos donde depositar nuestra mirada.
Como ese hueco que nos parece natural, pero que fue cazoleta labrada por
alguien en la superficie de una piedra. Y que ahora, y para siempre, ya no está
a la espera de nada, simplemente recibe la lluvia en la tormenta. Antes fue un
relámpago, un trueno y luego un silencio. Nada de esto permanece.
Como el
silencio en la ceniza, antes lumbre, antes rama. En Los montes antiguos, Enrique Andrés Ruiz habla del siempre acogedor
“silencio de la ceniza, que es tan distinto del de la nieve”. Que es “el
silencio del final y el silencio del principio.”[4] Así la noche
sucede al día, “como un abrir y cerrar de los mismos ojos”.
Julián Valle