10 mayo 2026

Volvió cuando nadie lo esperaba. Adrián Valle, 2026


Volvió cuando nadie lo esperaba

16 mm., b/n, 5´24”

Dirigido por Adrián Valle.

Fotografía de Olga Jiménez Lobato.

Música de Nacho Román.

Filmado en los paisajes de Castilla y León, España.



Este trabajo en video se presenta dentro de la exposición: 

El primer callar es el de las cosas. Julián Valle

Galería Theredoom, en Doctor Fourquet, 8, Madrid, hasta el 26 de mayo de 2026.





Galería Theredoom

Doctor Fourquet, 8, Madrid

Horario: Martes - Viernes 15:30 - 20:30

Sábados : 11:00 - 14:30

16 abril 2026

El primer callar es de las cosas. Julián Valle. Galería THEREDOOM. Madrid


Inauguración: día 25 de abril de  11:30 a 15:30

Horario: Martes - Viernes 15:30 - 20:30

Sábados  11:00 - 14:30


Texto de presentación de la exposición: 

El primer callar es de las cosas. Julián Valle


Galería THEREDOOM

Doctor Fourquet 8. 28012 Madrid.

tel. +34 689 66 43 26

@gtheredoom     

theredoom.es                       






 

El primer callar es de las cosas. Julián Valle

Dibujos, cerámicas y pinturas en la Galería Theredoom. 25 de abril al 26 de mayo de 2026.




El primer callar es de las cosas 26.01. Dream Path. Toshio Hosokawa.
Eremitorio de San Juan de Pan y Agua. Julián Valle, 2026
Acuarela s. papel Khadi 320g./m²    Ø56 cm.

El primer callar es de las cosas a nosotros; el segundo, de un sosiego quietísimo en que nosotros callamos a nosotros mismos…

De tres maneras de silencio. Fray Francisco de Osuna[1]


Parece que la relación que tenemos con las cosas nos debería ofrecer -no tanto determinar- un camino adecuado hacia el objeto artístico. Como si la transformación en el caso de la materia respondiese a una vibración propia de la misma, un encuentro, una sintonía con su origen.

Pensamos en esa relación, bella y apropiada, entre estos materiales y el buen hacer que acompañaría su transformación para llegar finalmente a la caricia del objeto resultante. Como la del árbol, la madera, el carpintero que hace la peonza, y el niño que juega con ella. Y que en ese girar hipnótico finalmente se manifieste su  acogedor misterio, y en la caricia del objeto -mano y mirada- se manifieste su “materia profunda”.[2]

Puedo recordar aquella fascinación por ese objeto que después de girar y girar buscaba otro reposo, perdido ya su equilibrio, pero conservando su potencial, su energía acumulada. Será que los niños, como las vacas o los caracoles, pueden aún disfrutar de ese privilegio que los conecta con los anillos de la madera, los estratos geológicos o las supernovas.

En el arte de la pintura sabemos de una imagen o idea que permanece en reposo, en la neblina del pensamiento, como a la espera de un soplo de viento que produzca un cambio de estado, como esperan las semillas del diente de león.

Asistimos a algo en su etapa inicial, oculto y latente en nosotros antes de ofrecerse para ser contemplado. Reposa como si fuera un objeto que aún no ha sido nombrado por primera vez. Y sale de su estado de crisálida de lo no nombrado cuando era una presencia silenciosa.

Y en el caso de la pintura, ahí estamos nosotros, presentes ante la transformación de lo que será diferente pero que, quisiéramos, mantuviese presente su esencia, su ser original, su misterio.

Este parece ser el del silencio de las cosas: ¿lo pintado podría volver ahí? como velo pintado, como iconostasis, como limen que no puede ser, físicamente, rebasado.

Nos dice Ramón Andrés que “el verdadero silencio no está necesariamente en la lejanía ni en la neblina de una vaguada ni en una cámara anecoica”. Probablemente esté “en la intuición de un más allá del lenguaje”. Es un silencio que no pretende un fin, “la parte detenida de lo que no cesa”, “un abandono del deseo, el cauce del desapego.”[3]

El arte puede ofrecer un silencio sin un fin, pero precisa de un estado apropiado de ofrecimiento para la contemplación. Como receptáculos donde depositar nuestra mirada.  Como ese hueco que nos parece natural, pero que fue cazoleta labrada por alguien en la superficie de una piedra. Y que ahora, y para siempre, ya no está a la espera de nada, simplemente recibe la lluvia en la tormenta. Antes fue un relámpago, un trueno y luego un silencio. Nada de esto permanece.

Como el silencio en la ceniza, antes lumbre, antes rama. En Los montes antiguos, Enrique Andrés Ruiz habla del siempre acogedor “silencio de la ceniza, que es tan distinto del de la nieve”. Que es “el silencio del final y el silencio del principio.”[4] Así la noche sucede al día, “como un abrir y cerrar de los mismos ojos”.

 

Julián Valle



[1] Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio, Acantilado, Barcelona, 2022, p.123.

Tercer abecedario espiritual de Fray Fco. de Osuna O.F.M. (p.584)

The Third Spiritual Alphabet. Francisco De Osuna O.F.M. (p.767)

[2] Michel Tournier, recuerda a su profesor Gastón Bachelard, en su cátedra de filosofía de la Sorbona blandiendo dos peonzas de madera que el niño toca, e incluso chupa, tanto como mira: “el grano, las líneas y los nudos contenían una lógica e incluso una moral muy provechosas para el niño, nos decía”. Tournier nos recuerda que sólo la madera se puede tocar. Y preguntándose qué es una caricia, se contesta: “es un roce que toma posesión de la materia profunda”.

En Michel Tournier, Celebraciones, Acantilado, Barcelona, 2002, pag.17.

 

[3] Ramón Andrés, opus cit., pp.13 y 14.

 

[4] Enrique Andrés Ruiz, Los montes antiguos, Periférica, Cáceres, 2021, p. 288.

09 mayo 2025

La verdad de las cosas: Cuando lleguemos al claro, un film de Márton Tarkovi, 2025.


 


La verdad de las cosas: Cuando lleguemos al claro, un film de Márton Tarkovi, 2025.

Julián Valle, Campillo de Aranda, mayo, 2025


Con el tiempo y con las experiencias se van definiendo aquellas obras de arte que pueden conectar con nosotros, que ofrecen esta posibilidad. Muchas veces se nos presentan enigmáticas, nos fascinan y atrapan. Otras veces parece mostrar algo dificil de identificar que quedo solapado bajo la apariencia de una situación convencional. En cualquier caso, así lo vemos en este film, lo que nos podría ofrecer es la presencia de las cosas. No busca desentrañar misterios ni explicar nada, tienen esa grandeza de ofrecerse al espectador sin un fin claramente determinado. Pero para ello tenemos que estar en disposición de tomar esto que se nos ofrece. Esa presencia que señala Péter Molnár, pintor y medium con el mundo, en esta obra de Tarkovi. ¿Es este el eje sobre el que gira Cuando lleguemos al claro? ¿Es la luz? ¿será esa la presencia que se visibiliza cuando se proyecta sobre los objetos, pues no vemos objetos lo que vemos es luz?

El pintor Molnár, como el monje,[1] son seres diferentes “no por lo que acontece en su interior, sino porque se entregan conscientemente a la transformación. Se educan a sí mismos para el fin que han elegido”[2]. Probablemente sea una misma búsqueda: esa luz, conocimiento, deslumbramiento, alumbramiento de la obra. Molnár, a través de su obra minuciosa, pretende una conexión con otros signos “de alguien que iba a ser humano, o ya lo era (…) dejar una huella”, nos dice. Formar parte, desde su experiencia personal, de algo más extenso donde el artista y sus “signos” dejan de ser lo importante. El auténtico  artista, nos dice Pável Florenski, “no quiere a toda costa alguna cosa que sea suya propia, sino lo bello, lo objetivamente bello, es decir, la verdad de las cosas encarnada artísticamente”[3].

El director, Tarkövi, parece participar de esta transformación que nos abre los ojos a una verdad que no tiene objeto mientras registra aquello que acontece. Una experiencia transformadora que es dificil de compartir de otro modo sino es con imágenes, con luz. La herramienta de registro parece diluirse para que seamos nosotros los que acompañamos al pintor[4]. En otro momento él aparecerá acompañado del director para certificar como la cámara -y con ella nosotros- forma ya parte del entorno. Todo acontece, nos toca como los rayos del sol en una piel húmeda. Pero tenemos que estar en disposición de acoger la presencia de las cosas, como si fuera una luz que acaricia.

Mudos como un árbol más, o susurrantes con el viento. Mientras se oyen voces en la lejanía, pájaros o “sonidos de herramientas manuales”. En este mundo que respira y de ruidos muy leves Péter Molnar tararea. La filmación parece tener una naturaleza biológica. Todo lo percibido se desarrolla a lo largo de la película como inflorescencias, con la naturalidad y belleza de la hoja que se despliega desde el tallo de una planta, en la hora azul, llegados al claro.



[1] O el monje-pintor de  Andréi Tarkovski: AndreiRublev.  

[4] Recientemente pude ver La muerte de Luis XIV (Albert Serra, 2016) y me pareció formar parte de ese acontecimiento, como un familiar o un lacayo. Como todo en el barroco, su “ropaje” acentúa la presencia de las cosas: la intensidad del representación, desde lo visual, se extiende a lo tactil, lo gustativo…lo olfativo.