Setas de cardo


Es tiempo de setas. Esta semana recogí un corro de pie violeta en una pradera de Campillo. Pero en cuanto a la búsqueda prefiero la seta de cardo. Y eso es lo que estaba haciendo en la foto que sirve de cabecera a este blog. Campillo se encuentra en el centro de un páramo y desde aquí parten, radialmente, caminos y cordeles hacia un cordel circular que rodea el término. Y desde éste se accede a pequeños valles. La cañada, los cordeles y los eriales son el terreno para los setales. Toda esta zona tiene diferentes suelos –arenosos, grava, más arcilloso, secos con plantas aromáticas, praderas- y es formidable la variedad de coloraciones y formas de esta especie. Todo ello para que resulte aún más difícil capturarlas. Y así cada cual desarrolla su táctica, la suya la mimesis, la mía dejar la mente en blanco y dejarme llevar. Cuando te sumerges en el acto de pintar, y cuando todo sigue su curso, sucede algo parecido.
Y después su olor, su sabor de otro mundo.
Un mundo muy cercano pero a ras del suelo.
Algunas veces pienso que este humilde ejercicio, con el que comulgas con el vacío, te adentra más en la naturaleza y pareces que vives esta experiencia como un animal en busca de alimento.




Esto me recuerda un artículo revelador –para mí- de Félix de Azua en (El País, 20.01.87) que conservo dentro de una antología poética de Rainer María Rilke. El título reúne a tres artistas: Rilke, Van Gogh, Cézanne y otros animales. Su comienzo es una invitación. Aunque muchos de sus lectores se resistan a creerlo, Rilke siempre quiso ser un perro. Tenía esa vocación. No lo consiguió, es evidente, pero estuvo cerca de lograrlo.
Rilke ante un autorretrato de Van Gogh. Tiene mal aspecto, atormentado, casi desesperado, pero no calamitoso: como cuando a un perro le va mal.
Continuando en el mismo artículo, y con las palabras de un Rilke que observa a Cézanne cuando termina su jornada laboral, cuando no pinta nada y sigue mirando como un perro. Se sienta en el jardín como un viejo perro, un perro sometido a este trabajo que le llama, le pega y le hace padecer hambre.
Azúa sigue la pista animal de Rilke y se detiene en la Octava elegía





Lo que está fuera lo percibimos tan sólo / por el rostro del animal: pues ya al niño en tierna edad / lo ponemos de espaldas y le forzamos a mirar retrospectivamente / el mundo de las formas, no a lo abierto, que / en la faz del animal es tan profundo. Libre de la muerte.










En estas tierras sobrevive y se extingue la estampa del rebaño camino de la majada que aparece en los Poemas a la noche de Rainer María Rilke dentro de su Trilogía española.




Alternativamente avanza y se detiene, igual que el día mismo,
y las sombras de las nubes
le atraviesan como si morosamente el espacio
pensase pensamientos por él.




Cañadas y pastores en el Blog de Campillo

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