3.4.17

Eremitismo rupestre: el Cuevatón de Cezura Palencia-Cantabria.



Un hombre que se retira de la sociedad deja dificilmente su huella en la historia. 
Fray Justo Pérez de Urbel
[1]

Las huellas del eremitismo rupestre en España no son tan espectaculares como las de esos prósperos monasterios que algunas veces fueron continuadores de un primitivo cenobio. Un cenobio, del latín coenobĭum (derivado a su vez del griego-bizantino koinóbion “vida en común”) con cuevas, o cobertizos, a modo de "celdas" independientes que podían tener espacios de uso común, éste podía ser el caso del complejo rupestre de Cezura del que hablaremos más adelante. 
Las construcciones asociadas al eremitismo son de una pobreza y sobriedad extremas, incluso en el caso de las -posibles- iglesias, los detalles se limitan a bancos corridos, la posibilidad de ábsides dobles o triples con sencillos arcos, bóvedas rústicas, encajes en la piedra para un iconostasio, contraábsides, algún grabado (normalmente diferentes tipos de cruces) y poco más. Y en el caso del conjunto motivo de esta entrada, no se conservan indicios de una construcción con la función de iglesia aunque cabe la posibilidad de que haya podido desaparecer con los derrumbes. Y aún no está localizada la necrópolis que puede estar asociada al lugar: hay un tupido manto vegetal que posiblemente lo oculta.

Este movimiento espiritual se inicia en la península ibérica más tardíamente que en otros lugares, aproximadamente en la época de dominación visigoda, ss.V-VI (hay una data en la iglesia rupestre de San Martín de Villaren que sitúa su fundación o reforma en el año 587 d.C.) y se diluye en la época románica, ss. XI-XII a la par de la "llamada al orden" y la regulación de la vida monástica: por tanto los de aquí son altomedievales. En la zona norte de España, y especialmente en la parte alta del valle del río Ebro, y sus afluentes, hay una gran densidad de eremitorios o posibles eremitorios rupestres. Algunas veces la cueva eremítica será el núcleo fundador de un monasterio cercano, dándose el paso desde el monacato espontáneo sin orden jerárquico (con hombres y mujeres retirados -o en cenobios- y dedicados a la oración y la penitencia) al monasterio sujeto a una regla y jerarquía. 

El Cuevatón visto desde el pueblo de Cezura


Estos eremitorios con restos poco visibles, en cambio, ofrecen -en muchos casos- un entorno que no ha sido excesivamente alterado por el paso de los siglos, algo que sí sucede en los monasterios. Contemplamos los escasos restos materiales de unos hombres y mujeres cristianos –clérigos o laicos- que se retiraron a estos “desiertos”, y optaron por vivir en soledad, aislados, para lograr un más elevado grado de ascesis. Un modo de vida anacorética o semianacorética con origen muy lejano, en el valle y delta del río Nilo. Como la del centenario San Antonio Abad (251-356) que “alcanzó una enorme popularidad en la segunda mitad del siglo IV en todo el mundo cristiano a raíz de la publicación por el obispo Atanasio de Alejandría de una Vida griega de Antonio[2] traducida al latín y a otras muchas lenguas posteriormente. Nuestro San Antón sería el primero y uno de estos llamados Padres o Madres del Desierto: como Santa María Egipcíaca o San Pablo de Tebas.
La influencia de este modo de vida espiritual -y también de sus sencillas construcciones- procede también de lugares tan lejanos como la Tebaida egipcia, Siria o la Capadocia turca. Por ello algunas zonas en nuestro país son nombradas como la Tebaida berciana, en León... o la Capadocia ibérica en el alto valle del Ebro.

Este complejo rupestre que aquí véis -El Cuevatón- se encuentra entre Helecha de Valdivia y Cezura: un enclave palentino en Cantabria. 





Encontramos un indicador junto a la carretera, la línea divisoria regional pasa prácticamente por el roquedo donde se encuentra esta impresionante cueva natural. 



Aunque la mayor parte de las cuevecillas excavadas han desaparecido al desplomarse casi la totalidad de este complejo rupestre aún se puede apreciar, a gran altura, restos de algunas de ellas, de sus cámaras, o de sus cubiertas abovedadas. Aún se mantienen -casi al exterior- dos pequeñas cuevas “inaccesibles, con sus puertas trapeciales, ampliándose hacia abajo, y sus ángulos redondeados”[3].


Y una última colgada, continuando el roquedo hacia el NE accesible con cuerdas y que al parecer tiene dos espacios separados con un murete y bóveda de horno rebajada. 
Hubo más cuevas aparte de las que dejaron su impronta y las que aún se conservan. 
Lo podemos imaginar como un conjunto de pequeñas cuevas en diferentes alturas, posiblemente comunicadas unas con otras por escaleras o pozos. 

Al fondo de la gran cueva, hay un espacio –probablemente- de uso común: un estanque de 400 x 740 y 80 cm de profundidad con un canal de desagüe para el agua sobrante que posiblemente manaba del fondo húmedo de la cueva. Hay que fijarse lo cuidadosamente talladas que están sus paredes.

Se pueden apreciar aquí las huellas de la herramienta en las bóvedas de las cuevas a pesar del derrumbe: como vemos en la imagen que sigue donde se ven parte de dos de ellas.












Afortunadamente existe una visión del lugar fotografiada en photo sphere para que lo podáis disfrutar: 
vista 360º google maps

Aunque nada es comparable al estar allí, con el aroma del monte, el silencio, las nubes que pasan, la visión del valle, trufado aquí y allá con el canto de los pájaros.






[1] Pérez de Urbel, J. El eremitismo en la Castilla primitiva. En España eremítica. ANI.,I. Pamplona, 1970.
Justo Pérez Santiago, que posteriormente firmaría como Fray Justo Pérez de Urbel y Santiago O.S.B. (Pedrosa de Río Úrbel, Burgos, 1895- Valle de los Caídos, Cuelgamuros, 1979) fue un clérigo y medievalista español, miembro de la Orden Benedictina, primer abad del monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. (wiki)

[2] Acerbi, S. y Teja R. En las raíces del eremitismo cristiano: la vida en el desierto concebida como conquista del cielo en la tierra, En Monacato espontáneo. Eremitas y eremitorios en el mundo medieval. Fundación Sta. Mª la Real. C.E.R., Aguilar de Campoo, Palencia, 2011.

[3] Monreal Jimeno L.A. Eremitorios rupestres altomedievales (El alto valle del Ebro) Universidad de Deusto, Bilbao, 1989.




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